Fuente. Ignacio Martín

Últimamente oigo cada vez más comentarios sobre la falta de liderazgo actual. Se oye en relación a la política, a las empresas y, en estos tiempos de Eurocopa, incluso con respecto a la Selección de fútbol.

Parece que faltan líderes, personas capaces de aglutinar, inspirar y asumir la responsabilidad en tiempos difíciles. En definitiva, la falta de liderazgo se plantea como un déficit que se debería cubrir promoviendo el desarrollo de personas capaces e incluso carismáticas.

Yo no comparto este diagnóstico. En mi opinión, la falta de liderazgo no se debe a un déficit de este, sino a una crisis de su concepto tradicional. No necesitamos más liderazgo del de toda la vida, sino uno distinto. No es un problema cuantitativo sino cualitativo.

En un mundo tremendamente complejo, interrelacionado y dinámico, el liderazgo centrado en el líder, entendido como un individuo llamado a asumir una responsabilidad especial, a inspirar y actuar resolutivamente en favor de sus seguidores, resulta contraproducente.

Al centralizar visión, responsabilidad y capacidad resolutiva en un individuo, por muy especial que sea, se genera dependencia, pasividad y en la mayoría de las ocasiones frustración de expectativas. No existe una mente que de forma individual sea capaz de entender, y mucho menos resolver, la tremenda complejidad de los problemas actuales.

Ni tampoco una que sea capaz de ofrecer una solución que satisfaga la diversidad de expectativas de los llamados a ser seguidores.

En otras palabras, no necesitamos más de un liderazgo concebido como el pastor del rebaño, porque eso nos convierte implícitamente en borregos. Necesitamos uno que, por el contrario, sea capaz de promover la proactividad, la inteligencia colectiva y la corresponsabilidad.

Que promueva el progreso colectivo desde la innovación y la integración de la diversidad de perspectivas, experiencias y expectativas de unas sociedades y organizaciones cada vez más dinámicas y desafiadas. Que nos movilice a enfrentar conjuntamente los desafíos en lugar de a esperar soluciones.

Necesitamos, en definitiva, un liderazgo adecuado a estos tiempos líquidos que sustituya el paradigma tradicional del líder. Con ello se resolverá su falta, ya que todos estaremos convocados a ejercerlo.

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